miércoles, 3 de septiembre de 2014

Crónica de un estreno cinematográfico

Domingo 14 de octubre. 6:00 pm
Conseguí la invitación para la “Gala Premier” de la película ¡Qué Detectives! gracias a dos factores fundamentales en la vida de cualquier venezolano: el azar y la palanca. Mi apreciadísima profesora de Marketing Cinematográfico rifó un par de entradas para este evento a sus alumnos (como yo), porque además esos lanzamientos son el fruto de su trabajo, como casualmente también son producto de los cineastas, otros artistas y muchos aspirantes.

Miércoles 21 de noviembre. 7:00 pm
A pesar de estar en Caracas, llego puntualmente al evento gracias a que salí dos horas antes de la casa de mis padres al Centro Comercial Tolón, en cuyo último piso están todas las salas de cine. Todo el espacio fue cerrado y solo se accedía con invitación impresa en la mano o teniendo el privilegio de integrar la lista que portaba la portera. Me emociona esa selectividad por la cual pertenezco a una mínima élite, y mientras subo la escalera mecánica, me vanaglorio sintiendo que el ascenso es físico y simbólico… que estoy entrando en una constelación de privilegiados. Pronto sabré la relación entre las palabras “estrellas” y “estrellarse”.

Miércoles 21 de noviembre. 7:07 pm
No hay nadie conocido a la vista. Tampoco es mucha la gente presente. Incluso sospecho que hay personas que viene a ver otras películas. La venta de cotufas está abierta y eso me hace dudar de una de mis grandes motivaciones por las cuales no me pierdo estos agasajos: los pasapalos. Donde venden comida no la regalan.



Miércoles 21 de noviembre. 7:13 pm
Por fin hallo a la dama que me invitó. Me alivia porque sé que puede presentarme a otras almas solitarias de esta alcurnia mediática. Ella me saluda con amabilidad y prisa, pues está ocupada en pleno ejercicio del oficio. Me dice que la otra que ganó la misma rifa no ha llegado… y se va. Tendré que hacer esa maniobra temible…

Miércoles 21 de noviembre. 7:21 pm
Saco mi celular del bolsillo. Eso me hace sentir terrible. Sacar el celular en un sitio así quiere decir que a nadie conozco, que no traje una cámara de fotos o que soy un alienado. Igual, Nokia en mano, me acerco a Moncho, el peliculista (guionista, protagonista, actor secundario, productor y selector de todo lo del filme) y me demuestra que es un buen tipo, sonriendo en la foto que no sé quien nos toma, primero con mi celular y luego con una cámara decente. No encontré cosa alguna para decirle, solo recordaba que no me gusta su programa televisivo (Qué locura, por Venevisión) por razones elementales. Igual se admira la intención de seguir emprendiendo y cumpliendo proyectos en el país, aunque sean suicidas o gusto masivo.

Miércoles 21 de noviembre. 7:33 pm
Ya estoy en la olla de la gente que toma fotos, por supuesto, del lado de la gente que toma fotos. Del otro lado hay gente que no conozco en su mayoría, pero todo su ajuar y su empeño por el brillo voluptuoso ayudan a saber que son famosos. Cuando décadas atrás veía yo la televisión venezolana, allí decían mucho el término “artistas” y se refería a actores y cantantes, quizás misses y alguna que otra bailarina. Poco ha cambiado, solo que ahora hay famosos que ni actúan ni cantan, bailan o les sobra belleza. Todavía quisiera creer que el talento y la disciplina son los ingredientes para el éxito, pero comienzan mis dudas a medida que veo quienes acaparan la atención de estas reuniones.

Miércoles 21 de noviembre. 7:41 pm
Por fin consigo amigos. Bueno, realmente fue que llegaron Leonardo Padrón y Carlos Sicilia y juro que me saludarían como a un primo porque nos dedicamos en común a la escritura. Les tomo una foto y casi salgo corriendo porque tampoco sé que decirles.

Miércoles 21 de noviembre. 7:50 pm
Me digo a mí mismo que le pediré al Diario El Caribe un carnet de esos que abren todas las puertas; es increíble cómo le sonreían a los periodistas todos. Algo de envidia saboreo.






Miércoles 21 de noviembre. 7:51 pm
La contemplación es una práctica a la que recurro en estos encuentros donde a pocos conozco. Las damas se dejan ver, sin esa hipocresía de las que se operan y se embuten en vestidos envidiados por las superheroínas y luego ponen cara de ofendidas porque alguien las ve por más de 2 segundos sin disimulo.
Más bien, estas estrellas parecen creer que soy periodista y me sostienen la mirada. Es más, aprovecho que una está sola (oh, milagro) y me le acerco. Ella me inspecciona mientras llego y voy sacando el Nokia. Sé que se decepciona porque no me ve lo que esperaba: un carnet de PRENSA. Sin titubeo le pregunto la enorme Jessika Grau que si puedo tomarme una foto con ella y (voilá) su rostro de aburrimiento, tacones incómodos o antipaparazzi se esfuma y… su cara se vuelve un poema sobre la hermosura inalcanzable. La foto la tomó el primer tipo que atajé por ahí.

Miércoles 21 de noviembre. 7:55 pm
Repito el procedimiento anterior con Luisana Beylone. Qué éxito.











Miércoles 21 de noviembre. 7:59 pm
Ya sé que no habrá pasapalos, porque aparece desde una baranda Moncho agradeciendo la asistencia y anunciando la proximidad de la proyección del largometraje. Me consagro a la multitud que ya se aglutina hacia otra escalera. Nos clasifican y me toca entrar a la sala de los que no somos ni famosos ni infames sino todo lo contrario.



Miércoles 21 de noviembre. 9:41 pm
Ya vi la película.
Primera conclusión: demasiadas actrices de relleno… Relleno en los senos y relleno en los traseros. Parecemos como espectadores unos bebés de pecho, literal y figuradamente. Debió llamarse a ratos ¡Qué tetero! Diosa Canales y una colección de famosas que asocio remotamente con programas de humor para televidentes, inflamadas, tensas de pieles, altas de tacones y en papeles… higiénicos. Cómo las desperdician. Las ponen a hacer de ellas mismas, en la comodidad acolchada de su cuerpo.
Segunda conclusión: hay que darle al pueblo lo que quiere. Los genios del siglo XXI deben ser los que sabes eso, lo que el pueblo apetece. Ya no importa si hace bien o mal, sino cuánto lo quieren y están dispuestos a pagar por ello.
Afortunadamente me consigo a mi buen amigo, el locutor Tomás Carrizales, y cambiamos de tema.

Lunes 26 de noviembre. 8:30 am

Usted se pregunta si esto es verdad o mentira.




Aparecido en el DIARIO DEL CARIBE, 2012.

jueves, 13 de junio de 2013

LA NORMAL NOSTALGIA


Estamos entrenados para desear lo lejano... A veces lo inaccesible.
Nos maravillamos ante el poder de las telecomunicaciones porque nos logra conectar instantáneamente con gente localizada al otro lado del planeta, impalpables amigos a los que sentimos conocer mejor que al hermano del cuarto de al lado. Ya es trillada la frase de que “el teléfono nos acerca a quienes están lejos pero nos aleja de quienes están cerca…” Pero eso ya pasaba con otros artefactos, como el televisor y la radio. Las computadoras suelen ser preferidas por esa virtud de hacernos estar donde no estamos y que no estemos disponibles allí donde nos quedamos.
Pero más llamativo es para mí que los amantes de la literatura y el arte en general también caemos en esa misma enajenación. Oímos a gentes de papel… Anhelamos paraísos que otro soñó y se atrevió a plasmar. Alabamos la sofisticación del espíritu que nos permite deleitarnos con caras y complejas producciones humanas, incluso cuando éstas solo sirven para resaltar el valor de las cosas naturalmente presentes y cercanas en nuestras vidas. Ejemplifico con la actitud de aquella persona que se enorgullecía diciendo que gracias a los cuadros de Manuel Cabré aprendió a amar la belleza de Cerro El Ávila. Bien por Cabré, que era español, no caraqueño. Mal por la gente que no confía en sus sentidos porque no los cultiva.
Y llega la nostalgia, la normal nostalgia; porque ya es normal vivir aspirando lo que no tenemos (por ahora) con tal de que haya la posibilidad o, mejor aún, la promesa de que lo obtendremos, no importa el mérito. Porque ya es regla la superación como tendencia, porque si podemos más queremos más. Porque (nos) enamoramos conociendo muy superficialmente el objeto de nuestro delirio. Y por eso quizás tantos prefieran no saber más, manteniendo el encanto en la distancia.
A demasiados (por no decir todos) nos atrapa un libro, un filme, un videojuego, alguna serie o telenovela… En su transcurso, nos sumergimos bendiciendo el trance que nos aísla del entorno inmediato. Al acabar, el mundo afuera sigue siendo el mismo que conocíamos dos horas atrás. Nada ha cambiado.
¿Nos preguntamos si está mal esa evasión? Creo que no, pues hasta evadimos el aire con el humo del cigarro que nos da ganas y nos da la gana. No es eso lo que está mal. Lo que está mal es el orden que sigue esta sociedad. Esta normalización de la insatisfacción y la dependencia. Esta nostalgia de náufragos en tierra firme. Rafael Cadenas sentenciaba en tres líneas: 

Hay que estar/ 
donde se está/ 
para que la mente dance.


Hay que dejar que la mente dance para que nos saque a bailar.

domingo, 21 de abril de 2013

¿FLOJOS O PEREZOSOS?


Hace como siete años yo daba clases de español a británicos retirados en Paraguachí, y desde que entraban en confianza conmigo, repetían “lazy” para referirse a los nativos. Yo preguntaba por qué.
Cuando uno busca ese anglicismo en el diccionario bilingüe, se topa con que significa “perezoso” si es una persona, o “lento” si es un proceso. Ya se sabe que la pereza es uno de los siete pecados capitales y que según la Divina Comedia de Dante, es más grave que la lujuria (e imposibles de combinar  ambos deslices). Pereza es definida por la Real Academia así: “Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados.” Me alerta la palabra obligación en esta, la primera acepción. Empiezo a sospechar que sin obligaciones… nadie sería flojo.
Pero la palabra flojo me interesa más porque viene del latín “fluxus”, cuya raíz es la misma de fluir, flujo y fluido. Por tal, le atribuyen el sentido de lo que tiende a líquido o blando, probablemente como algo negativo en tanto ello debiera de ser más sólido o ajustado. Hace poco una amiga me decía “Vamos a ver como fluyen las cosas” y me sonó floja, pero porque yo no detectaba voluntad en su sentencia. Es decir, yo no sabía lo que ella quería. Me doy cuenta de que lo flojo puede ser lo fluido en el sentido de lo adaptable, mas no lo dinámico. Yo soy yo y mi circunstancia, y eso da el derecho a flojear, pero también lo quita. 
Cuentan que en la Isla hace pocas décadas bastaba con que el padre de la familia trabajara medio día para mantener todo su hogar. La madre atendía la crianza de la prole porque no hacía falta que trabajara. Además, donde hay mar… hay comida, y estamos rodeado de eso. Ya la circunstancia es muy otra. Mis alumnos británicos me explicaban la diferencia tan obvia para ellos respecto de nosotros. En Europa, el ciclo de las estaciones hizo inteligentes a los humanos, pues tenían que tomar previsiones y acciones durante los meses de prosperidad para no desfallecer en el invierno, cuando escasea el alimento y el calor. Acá en el Caribe, siempre hay buena temperatura y árboles cargados de frutas y costas plenas de peces. Entonces recuerdo que alguna vez leí que el petróleo era la bendición para los venezolanos pero la maldición para Venezuela. Nos dio el derecho a ser flojos.  
Hay que trabajar.


jueves, 18 de abril de 2013

Hablando de galerías, la Bella Vista está abierta

Es domingo al mediodía, el último de Semana Santa. La playa no es opción y los centros comerciales, mucho menos. La invitación que tenía era más interesante: la inauguración de la Galería Bella Vista, donde está el taller de su creador, Luis Mata, también conocido como Chaval.
La dirección se me quedó en facebook, donde precisé solo las coordenadas temporales para llegar puntualmente al local. Una llamada y todo quedó claro… “Viniendo desde el AB hacia el centro, después del último semáforo de la avenida Bolívar, tomas el siguiente cruce posible a la izquierda. Allí estamos”. Efectivamente, ahí estaban los artistas.
Ese fue mi primer atisbo, uno viene a estos eventos a ver a los artistas con sus obras. Uno coteja la imagen del creador con la imagen que ha creado. Uno quiere saber si es un artista maldito, un comerciante o un jubilado sin oficio. Juan Portillo es un chamo. Lo conozco de las órbitas universitarias de esta misma isla. Le invito a ser entrevistado. Me pide diez minutos primero y yo aprovecho para ver la colección: Punto de partida (se llama). El local es una habitación de acaso 20 m2 y un baño. Hay piezas por todos lados, hasta colgando del techo. La gente se les arrima por segundos, pero hablan poco de ellas. Uno quisiera que hubiera realmente gente, pero suelen ser familiares, amistades y conocidos quienes uno encuentra acá… Y artistas. Me gusta estar entre artistas, lo certifico. Hay que explicar menos las cosas entre ellos.
Veo que en las piezas de Juan Carlos prevalecen las partículas, son elementales en distintas escalas. Dibujadas o pintadas, las esparce para que se ordenen en los ojos del espectador y dejen de ser partículas para sugerir otra cosa: pelillos, poros, signos de un código, tejidos, cuerpos, volúmenes… Hasta un móvil lineal compuesto por piezas de plástico reutilizadas sugiere tal inminencia: las partes tendiendo a  un todo. Sin dudarlo compraría alguna. No tengo dinero, pero luego supe que alguna se vendió por cuatro cifras. Muy bien por Juan Carlos, es su primera exposición individual. Procedo a entrevistarlo.
No sonríe pero tampoco huye, su dominio es más gráfico que verbal. Repite a menudo las palabras “proceso” e “inseguro” pero por separado. Asume el despropósito de sus creaciones, lo inconcluso, y también la importancia del apoyo de otros artistas para afrontar que hay etapas en las que se hace sin pensar. También hay en las que se piensa sin hacer. Mejor es la acción. Es lo que hace respetables a los que están en el encuentro de esta tarde, lo que han hecho ellos. Creo que eso es lo que hace a alguien “autoridad”… De hecho, esta palabra viene de “autor”, creador. Para esta muestra, Juan Carlos consteló sus piezas como las mismas partículas y trazos que forman sus gráficas. Venció la dispersión con este planteamiento, con este Punto de partida.
Me despido, salgo y concluyo que se abren dos tipos de invitaciones. Para los artistas contemporáneos, a que traigan sus propuestas ya documentadas, es decir, su portafolio. Para los que disfrutan el arte, a que vengan a ver las obras; quizás hallen a Luis Mata en pleno proceso creativo, (mejor aun). Luis quiere ayudar a crear nuevas tendencias del coleccionismo, que la gente apueste fuera del canon tradicional, fuera del pasado. Vale.
Hay que contemplar y hay qué contemplar.     




EL SOL DE MARGARITA, 14 de abril de 2013


miércoles, 10 de abril de 2013

Paul Auster y El libro de las ilusiones

No es muy coherente esto de invitar a la gente a recorrer un camino sin compañía alguna solo porque ya uno lo hizo; y menos lógico es aceptar la invitación y acudir para ese sacrificio… donde uno, su tiempo y su dinero pueden ser las víctimas. Hablo de libros, específicamente de novelas, y del acto íntimo que implica leerlas. Confieso que me cuesta mucho llegar hasta el final de ellas y que por ende, son menos las novelas que leo que libros de cuento, poesía o ensayo. Además, estos otros tres géneros literarios perdonan el acto de no acudir hasta la última página. Probablemente por esta diferencia es que nadie suele leer novelas sin una prescripción: más de un amigo que la haya leído, la crítica literaria (incluyendo la de twitter y facebook), la película respectiva o la promesa de su próxima filmación… Y es que no son pocas las horas que se invierten en su lectura, y particularmente en nuestro país parece que leer luce como mayor holgazanería que la de estar en una acera bebiendo con los amigotes… “Al menos con los amigotes estás desarrollando tu vida social y quizás hasta consigas mujer para terminar de casarte” oí por ahí. Mil veces más fácil es compartir un juego Magallanes-Caracas que un libro de Paul Auster. Pero eso no importa si hablamos de El libro de las ilusiones. Importa que sea una novela sobre el cine y su hechura. Importa que dosifique tensión y buen gusto a lo largo de sus 300 páginas. Importa leerlo. La buena noticia es que la obra del neoyorquino es numerosa y ostenta más de una docena de novelas y de paso algunos guiones llevados a la gran pantalla. Hay que saberlo, pues El libro de las ilusiones deja con hambre. La trama gira en torno de dos hombres que apenas y logran encontrarse físicamente en el mismo sitio por acaso quince minutos. Uno es un personaje del cine, en cuya vida se ha permeado lo pintoresco y lo dramático de los filmes en los que trabajó como actor y director: una decena de cortometrajes mudos en blanco y negro, contemporáneos con los propios de Charles Chaplin y Harold Lloyd. Nadie supo qué ocurrió con el sujeto una vez que se rodaron estos cortos, pues desapareció en pleno inicio de una prometedora carrera. Todo lo que le sucedería a este realizador, cuyo origen argentino nos guiña el ojo a otros suramericanos, sugiere que en su caso se cumplió el anhelo secreto de todo artista: más que tener cómo decirlo, hay que tener en la vida algo qué contar y por qué contarlo. La técnica ya no es misterio en una época donde las artes se estudian y se pagan. El otro personaje nació más de medio siglo después del primero. Es un estudioso que de súbito perdió irreversiblemente su familia y las razones para seguir viviendo. De su melancolía se escapa cuando contempla uno los cortometrajes de aquél en la televisión. Las conexiones y paralelismos entre vidas y obras se revelan para todos de a poco, con reveses impredecibles e impecables. Se consigue en librerías de Margarita.

lunes, 8 de abril de 2013

Pero el amor… esa grosería

Hay malas palabras que en sí no son tan ofensivas como el tono de voz (y otros factores) con que se pronuncian para producir un efecto meramente emocional. La grosería revela que no estamos pensando, no en el preciso momento cuando la decimos. Además, la grosería adolece de ambigüedad: puede significar demasiadas cosas y esto es uno de los vicios del lenguaje más nocivos, pues pone en riesgo el entendimiento, que ha de ser la prioridad en la comunicación. Basta un ejemplo: “No sabes lo arrecho que es mi suegro”. Luego pregunto: ¿Cómo es mi suegro? ¿Intenso, temible, sofisticado, libidinoso? Realmente la grosería dice más de quien la emplea que del suegro (o el referente que sea). Insisto, siempre entronizado en el plano irracional. A esto se le agrega el poder que se siente por romper el tabú profiriendo una palabra contra los patrones. El caso es que todas estas características las hallo vigentes en el amor. Sí, como en Rayuela decía Julio Cortázar: “Pero el amor, esa palabra”. El amor es una grosería. Es una palabra efectista, con múltiples sentidos y contra las buenas costumbres (tan relativas siempre). Acaso la diferencia con las otras groserías sea su permisividad. No hablo de casos como cuando la secretaria que no te conoce, atiende el teléfono y responde: No, mi amor, la doctora no ha llegado. O cuando en la pelea y con odio encarnado te retan: Mira, mi amor, ¿sabes cómo es la cosa? Realmente me refiero al amor en cada canción y en tantas frases convenientes; incluso usadas en contra: Me dijiste que me amabas. Es posible traer a Freud para explicar esto. Según le entendí, las dos pulsiones elementales que mueven al ser humano son la libido y la transgresión. La atracción y la infracción de las normas. Consumar ambas hace sentir felicidad o algún equivalente. Dejarse llevar por la atracción es placentero, pero romper las reglas también. Entonces, ¿será que la dicha no es completa sin las dos, y que por eso casi todos los idilios en la literatura postulan que el amor sin obstáculos no es excitante? Ya Aristóteles hace milenios precisaba que más se aprecia lo que con más trabajo se consigue. ¿O más se valora lo que hace que rompamos más parámetros? Decir la palabra amor con propiedad en el siglo XXI es difícil, porque abarca a veces la sensación, a veces el sentimiento, pero siempre la gravedad entre dos (o más). Tal era Eros para los griegos, la atracción natural, esa que luego Newton sacó del misterio a la ciencia pero con la Tierra como núcleo. Sin embargo, cada cuerpo genera su gravedad y percibe la del otro, aunque las convenciones sociales (necesarias para la convivencia y cierto progreso) la objeten. El duelo entre pasión y razón es natural, es humano. La banda Zapato 3 lo resumía cantando que “El amor es sangre”. Pero hay que amar.

lunes, 11 de marzo de 2013

SERVIR DE CELEBRIDAD

Hace poco escuché en la radio (sobra la palabra farándula por redundancia) una frase que decía más o menos que “un grupo de jóvenes, a quien el artista X sirve de celebridad”. Se dispararon mis alarmas, dejé de oír afuera y empecé a oír adentro. Quizás ya me acostumbré a que la palabra “artista” se refiera en los medios de comunicación a actores y cantores, pero ahora me toca asumir que existe un servicio de celebridad, y que como muchísimos servicios (si es que no todos), podemos vivir sin ellos pero aprendemos a necesitarlos. Las necesidades, mientras menos fisiológicas, más imposibles resultan de satisfacer realmente. Jamás solemos creer que se tiene suficiente, y somos aupados para buscar eternamente la superación. La gente conforme no conviene a la dinámica consumista que nos embute. Sin embargo, nos superamos según cánones banales, tales como el modelo de smartphone, la cantidad de seguidores en tal red social o el número de parejas sexuales que se ha tenido. El resultado acaso es una efímera alegría muy distante de la felicidad y el equilibrio. Tanto así que preferimos basar nuestra dicha en la vida de otros. He ahí la fama. Al parecer, todos queremos fama y queremos famosos cerca de nosotros. Según el diccionario, afortunadamente la fama es una “opinión”. Nada más. Según la misma fuente, la farándula es un término despectivo que incluye en su oscuridad a “figuras de los negocios, el deporte, la política y el espectáculo”. Y la celebridad resulta ser aquel por quien celebramos, sin olvidar que se celebran misas y nupcias. Sigo sin entender la necesidad de celebridades. Celebrar es familia de “libar”, que es beber y brindar (o al revés). Cierro con la propuesta incierta de algún tomo que sugiere que de “fama” e “hilo” viene familia. El grupo hilado, enlazado por esa opinión que no ha de ser más ni menos que el respeto. El respeto se basa en el conocimiento que genera criterio, ya.

lunes, 25 de febrero de 2013

El placer del silencio

Fui un niño afortunado… Crecí en un hogar lleno de libros; las enciclopedias superaban a los televisores en atracción y en cantidad. De mi infancia recuerdo con especial encanto un momento de la semana: domingo por la mañana. Yo era el primero en despertar y en salir de cama. En casa reinaba el silencio. Nada de teléfono, TV o radio encendidos. En esos largos instantes pasaban dos cosas…

La primera consistía en que yo me sentaba con algún tomo enciclopédico (o libro individual también) y me sentaba a leer. Las puertas se abrían dentro de mi cabeza pero no para salir volando y por ende no estar donde estaba. Leía para entender, para que fueran mías las ideas y las explicaciones. El mundo lógico y armónico era el que ilustraban esas páginas. No era literatura, pero igualmente era conocimiento con emoción.

La segunda era el surgimiento de dos voces roncas desde el dormitorio principal. Graves y suaves, cadenciosas… Yo no reconocía lo que decían, pero era un placer recibir esa vibración desde cualquier lugar del apartamento. No solía correr a ver sus autores, era suficiente certeza esa dulce inundación que la combinación de ondas sonoras brindaba a mis oídos. Mientras padre y madre seguían hablando sin pararse ni encender la TV, mi lectura proseguía. Menos de dos horas se sostenía el silencio porque el desayuno y el café ganaban urgencia, pero era más que suficiente.

Aún de grande, dejo que los pájaros me acompañen a oír la paz matutina mientras los libros abren sus alas frente a mí.

miércoles, 26 de octubre de 2011

tres reflexiones

I.
EL mundo no es exacto. No suelo confiar en quienes argumentan con números y datos fieles a las mediciones, estadìsticas y cronologías. Me importa muy poco cuando hablo de literatura en cuál año fue escrita tal obra y la ciudad donde nació el autor. Son referencias, un ancla para tener de dónde agarrarse para tocar fondo. Por supuesto que tales precisiones pueden ser necesarias para agrupar y comparar textos de una época, una región y cumplir con esas y otras funciones de los estudios literarios.
Pero (aquí va mi denuncia) aunque la literatura se puede estudiar (al igual que cualquier objeto existente en el mundo)… la literatura no se hace para ser estudiada.
II.
A veces pienso que el acto de la lectura es saboteado por la familia en estas latitudes tropicales. Sí. Cuando la esposa de X lo veía leyendo, ella le preguntaba “¿Por qué no quieres compartir?”, ante lo cual corría X a buscar otro libro para prestarle… Ella lo tomaba a chiste y luego le pedía que fueran a ver televisión con sus hermanos y madre. Me parece un gesto noble procurar la unión familiar, pero también es derecho y deber el cultivo espiritual (porque eso es el arte) y el recreo solitario. El grandísimo desprestigio que la muerte, la soledad y el silencio tienen en nuestra sociedad latina (cristiana) no nos ayuda a ser independientes ni valientes ni hondos. Creo que la buena literatura nos ayuda a generar nuestra propia perspectiva ante estas “tres Marías” maltratadas por la ignorancia, la superficialidad y el miedo que caracterizan a inciertas mayorías.
III.
Hace poco más de sesenta semanas apareció en el diario El Nacional el cuento ganador de su concurso anual en la fecha de su aniversario. Ganó Miguel Gomes (ya mentado en esta columna anteriormente). Quiero hablar de su cuento sin exactitud, es decir, con gusto. Lo leí en una sola sentada (como ha de leerse cualquier cuento) esperando la resolución del dilema del hombre que no sabe por qué llora su mujer… intriga que recorre el relato con suficiente humor y complicidad como para armar un túnel a través de típicas situaciones familiares. Un perro, los hijos y el sempiterno llanto de ella rondan y rodean al personaje eje del cuento que se desliga de política, erudición y rimbombancia para fluir a través de las lágrimas indetenibles y la infinita duda que el buen marido sostiene y comparte. Hay que leerlo.

jueves, 20 de octubre de 2011

Fe y fidelidad

La raíz de la palabra fidelidad pasa por el término fiel y alcanza el campo de otra más elemental: fe. La fidelidad viene de la fe. Somos fieles cuando hay una esperanza, cuando hay algo en lo que creemos que supera los niveles de la razón y del absurdo. Somos fieles cuando vemos más allá de nuestra propia sombra. Y vaya que la propia sombra nos hace jugarretas. Pero la fidelidad no se puede exigir, como no se puede exigir la fe. Ambas virtudes se cultivan, se estimulan, se premian, pero no se fuerzan. Como cualquier sentimiento, pero siendo más que un sentimiento, la fe es personal, y cuando coincide con la fe de muchas otras personas (como en recientes días se contemplaba en El Valle de la Virgen más bella del mundo) lo humano es lo realmente social. Un flujo y reflujo de peticiones y agradecimientos evidencian ese nexo entre ser fiel y tener fe.

¿Qué hacer para poder escribir?

A mis cuatro años de edad se me ocurrió pedir una máquina de escribir como regalo de Navidad a mi abuela ante la pregunta justa. Luego me preguntó por qué… Recuerdo que dije: “Porque no sé escribir”. Casi treinta años después me suscribo a esa idea de alguien que alegaba que al escritor de oficio es a quien más le cuesta escribir, quizás la diferencia sea que insiste más y con más ganas (quizás por gusto o por ser menos infeliz). El caso es que me han interpelado a menudo para saber qué diablos hay que hacer para poder escribir. Dos citas se blanden inmediatamente: “Lee que algo queda” de Arturo Uslar Pietro. Recuerdo el cuestionamiento que algún profesor adjuntaba a la frase: “Depende de lo que se lea, porque ahora se lee cualquier cosa por ahí…” Superada la objeción (por no dejar), de tanto leer queda la comodidad de sentarse entre las palabras como entre cojines o arena tibia. El lenguaje se puede ver como algo en los adentros y en las afueras del ser humano. Como si lo tuviéramos guardado en un archivo mental, o fluyendo en las corrientes ciegas del cuerpo orgánico que somos. Hay palabras nuestras que al ser oídas o leídas pulsan botones en nosotros, activan asociaciones y despiertan el recuerdo (muy real) de sensaciones pasadas ya. Todo adentro. Pero también residimos en un idioma. El sagrado poeta maldito José Antonio Ramos Sucre ya lo dijo: “Un idioma es el universo traducido a ese idioma”. Vivimos en un orden estrecho o amplio según lo recorramos. He aquí una imagen para verlo. Es como que nos pusieran en medio de la vastedad y la providencia nos dice: “De todo el terreno, será tuyo lo que suelas recorrer”. No un día ni dos, sino el espacio que se vuelva conocido, cuyos aires reconozcas por su olor, donde diferencies su cielo y su suelo. Eso es una lengua. Tan mínima y máxima como la despleguemos, la apliquemos, la expandamos y reduzcamos. Una vez cómodo con la lengua, el preguntón podría sentir que ya la herramienta está en sus manos… Al menos una modalidad, porque demasiados libros han insistido en la existencia de algo que se puede llamar “lenguaje literario”… pero no es la única modalidad para hacer literatura... ¿O sì?

miércoles, 3 de agosto de 2011

lunes, 1 de agosto de 2011

Muchos dioses y favores




Parece que el ser humano es politeísta por naturaleza y que requiere imaginar la coexistencia de muchos dioses y divinidades a la vez en el mundo, para que cada persona en tal pluralidad elija o reafirme a aquel a quien dedicará plegarias, peticiones y agradecimiento. Por añadidura, si éste no es el dios de todos los hombres sino el de un grupo en particular, se supone que sus fieles recibirán más favores, al igual que si en una familia son pocos los hijos, éstos recibirán más regalos que en una familia donde es numerosa la prole.
Nuestra tendencia politeísta no es incompatible con la religión que se rige desde el Vaticano. Más bien es una herencia de esa misma tierra, pues de Roma nos han legado los dioses de la mitología clásica romana, como Venus, Neptuno y todos los demás que han prestado sus nombres para bautizar a los planetas del sistema solar. Estas divinidades, muchas de las cuales corresponden a otras de origen griego como Afrodita y Poseidón, eran dioses de algo, de alguien… Diosa de la belleza y la pasión, dios del mar, dios de los troyanos…
Tales condiciones suponían algo feliz: nadie quería convencer al otro (o peor: al enemigo) de cambiar su dios por el propio, respeto que mantuvieron a su manera los judíos pero no los cristianos.
Por altruismo o egoísmo (da lo mismo) muchas religiones abanderan la misión de convertir a los fieles y a los que no lo son. El caso del Cristianismo es muy especial: este culto alcanzó cierto equilibrio y aceptación con su “politeísmo” interno, es decir, que la variedad de santos, vírgenes, ángeles y figuras canonizadas le ha dado estabilidad… porque dentro del mismo culto unos y otros fieles puedes singularizarse y sentir que su devoción por San Onofre o la Virgen del Valle por ejemplo, les garantiza algo más que el solo Dios no provee. Paradójicamente y según ellos, su mismo Dios provee esta diversidad.
Como es en la tierra será en el cielo… ¿o era al revés?
IMAGEN: Retablos de Lissette Villamizar fotografiados por Teddy González.

martes, 21 de junio de 2011

La imposible salud mental


La lectura que hoy quiero compartir en esta columna la leí anoche en un anuncio publicitario: “La salud mental es el equilibrio entre la persona y su entorno. Cuando ese equilibrio se rompe, el bienestar también”.
Inmediatamente me volví loco.
Tuve que abandonar la actividad (corregía yo tal anuncio… es de una psicoterapeuta) y también las últimas resistencias que en mí luchaban contra la categoría: locura.
Los artistas creemos que el mundo está incompleto, que le faltan (entre otras cosas) conexiones, visiones e interpretaciones; creemos que hay que repetirlo o representarlo para rematar esa obra inconclusa. Se puede esto entender así: si el mundo está incompleto, éste no está bien, y no se puede estar en equilibrio con algo que está mal.
Sin ser artista también se cae en la patología, pues más que nunca ahora se sabe que lo normal no es la norma, la regularidad no es la regla y que en nombre de las leyes se cometen las peores injusticias.
Gente que trabaja todo el día espera compensar cada noche su sacrificio con al menos el derecho a dormir tranquilo (y con los seres queridos), e insisto en el trabajo como sacrificio porque la mayoría de la población vive de hacer cosas que no haría si nadie les pagase por hacerlas.
Por otra parte, la esquizofrenia se define como la condición de aquél que tiene un mundo afuera, otro adentro, y éstos no coinciden y acaso ni son compatibles. Yo lo adapto al siglo XXI y sostengo que es tal la gente que tiene un mundo en la pantalla (de sus aparatos favoritos) y otro afuera (y quizás otro adentro). De estas muchas personas, amistades, apariencias, destrezas comunicativas e incluso pretensiones sexuales son secretos para la gente cercana pero resultan populares para los “contactos” de tal red.
Volviendo a la frase inicial, nos la pasamos “conectados” a lo que no está en nuestro entorno, salvo que nuestra cosmovisión realmente esté extrapolada y nos sintamos ciudadanos de la aldea global, y me pregunto… ¿Con qué espacio debemos equilibrarnos?
Sin embargo, hay que equilibrarse.

Arte en minúsculas


Mis últimos intentos de entender el término “Arte” han desembocado en el uso de letras minúsculas. Ese mismo que encontramos en “el arte de la buena mesa” y “el arte de amar”.
Porque cada vez que asisto a los espacios del “Arte” me hago la pregunta de por qué cada vez me gustan menos obras de las que encuentro exhibidas o en venta (y es fácil esta diferencia).
Creo que prefiero cierta ingenuidad para argumentar lo elemental… del Arte lo que me gusta es un par de cosas: la verdad y la belleza. Ojalá sean lo mismo.
De la verdad me gustan sus versiones. La ilusión de su acceso… Cuando leo no me da por la recreación de mundos alternos, sino por la propensión a entender este en el que vivimos desde otros ojos y otras pieles.
“Saber ver” era el título de un capítulo de un manual de dibujo que de niño rondé. Me parece que encierra en sí una clave sobre la consciencia contemplativa y la contemplación consciente. Pero también espero que pueda practicar el “sentir ver”, pues el ansia de interpretación y la poca paciencia hacen que la sensación se escurra con tanta levedad, que creemos necesitar muchas sensaciones o más fuertes.
Para todo artista (y todo exégeta) el modelo es el mundo y la sustancia es la vida. Quizás la variante sea cuánto y qué del mundo de observa e imita… y cuánto y qué de la vida tomamos y damos.
Al arte a veces le basta con ser medio y con abrirnos los ojos y demás sentidos. Concluyo con palabras de R. M. Rilke de las “Cartas a un joven poeta”, aquellas con las que aconseja de dónde tomar motivos para la escritura:
“Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.”

miércoles, 11 de mayo de 2011

La fama indiscriminada



Cría fama y acuéstate… pero no a dormir sino a sostenerla…
Sí, horizontalmente.
El pasado marzo, la Tigresa de Oriente llegó a Venezuela para divertir, eso ni ella lo duda. Pero sabemos que la di-versión es verterse de otro modo, acomodarse en otra versión o perspectiva del mundo. Cuando he exhibido en mis clases el video de la Tigresa (porque en un módulo de Lenguaje Corporal que daba yo en medio del curso de Semiología de la Imagen, necesito enseñar ejemplos y contraejemplos, lo que se debe hacer y lo que no) lo que oigo es risas. Diez millones de visitas a este video musical (se llama Un nuevo amanecer, hay que verlo) avalan algo… ¿pero qué? Erótico no es, la canción no es buena ni la música rescata lo autóctono de la tradición peruana, belleza no hay ni chisme interesante (por enumerar algunos valores frecuentados para di-vertirse). ¿Entonces? La burla, lo cómico, nada raro.
Pero no es apropósito.
La historia de esta señora tiene su aspecto admirable y está siendo explotado por los medios (y por mí, ya lo leen pues). Era una maquilladora y estilista profesional de televisión que tuvo a los famosos ante sí y entre sus manos por décadas mientras cada una de las estrellas la convencía poco a poco de algo: ¡No hace falta talento! O no tanto, pues. La escalada a la fama la hizo, por supuesto, en la escalera mecánica del siglo XXI: Youtube (lo certifica Yasuri Yamilé). Los detalles se pueden encontrar en Wikipedia.
El caso es que la Tigresa -que además ha alegado (y públicamente, si no ¿para qué?) que Lady Gaga le ha plagiado el prístino aspecto felino- es la demostración más rotunda entre los recientes casos de que la fama es estar en el medio, más nada. Garras, melena, ropa poca y ajustada con animal-print de fiera y canciones para aleccionar (ahí se le sale su lado de abuela) han hecho de ella un personaje. No importa cómo es ella en la vida real, pero si acaso da demasiada curiosidad, el mismo Youtube facilita las entrevistas que Jaime Bayly en las que cierta inocencia aun se transluce en las respuestas de la vedette.
No dejemos a un lado otros ejemplos. Shakira no es muy diferente, todo el talento que desplegó mientras tuvo la cabellera morena ha ido eclipsándose o disimulándose entre los espejismos de su globalización rubicunda y ahora bailable.
Creo que lo que cambia es el despliegue del complejo de vulgaridad, quizás el peor complejo de esta era. Es terrible que desde que nacemos nos dicen que debemos superarnos. Entre eso y el “pecado original” ya nos declaran defectuosos de nacimiento, o al menos insuficientes de fábrica.
La pregunta es ¿por qué necesitamos tanto en re-conocimiento? Ya no queremos que nos conozcan sino que nos reconozcan. Ser figura pública, aun en detrimento de la personalidad, la libertad… y la edad. Hace poco un artículo de Umberto Eco en una revista sobre libros el tema y la idea era que antes al hombre le bastaba con que Dios (o su equivalente) lo reconociera, en el silencio, en la oscuridad. Ahora preferimos tener mala fama que ninguna. Las conclusiones salen solas.
No vemos más allá de la sombra y la felicidad sigue confundiéndose con diversión. Aplausos a los espejos.

viernes, 24 de diciembre de 2010

RELEVANCIA

nunca te diste cuenta
de que el bolsillo donde guardas
tu desnudez
tiene un huequito que gotea lentamente
con una gravedad extraordinaria

y lo que sale es
como las gotas que de caer sin cesar
sobre las mismas piedras
las redondean
en armonia con el viento
y el tacto
alguna vez fuerza y agua
chocaron en tu espejo
donde yo me escondía
para que tú una vez desnuda
sólo una vez
fundaras en mi memoria la belleza

domingo, 4 de julio de 2010

Sobre inventiva y poesía

Hartos son los estudios que se proponen especificar las diferencias entre el lenguaje de la poesía y el resto de las formas comunicativas, con sorprendentes indagaciones como las estructuralistas (Jean Cohen con su Estructura del lenguaje poético fue sublime en esto). Curiosamente pude verificar que quienes suelen hacer tales elucubraciones no suelen ser los poetas; aunque buenas excepciones como la de Octavio Paz compensan esas pretensiones. Particularmente, confío poco en las de aquellos autores con poco o ningún verso bien publicado, quizás más por su impotencia que por su inexperiencia.

En los giros de lo inefable y lo insignificante: el poema. El poeta (artista) es un ser con una especial potencia en su actitud ante el mundo y ante la lengua: él desafía lo que ya está hecho (las cosas, sus formas, sus representaciones) e intuye una gran diferencia entre aquello ya existente y lo que sus percepciones (le) alcanzan. Esta básica esquizofrenia no se manifiesta en la locura típica porque hay una maniobra de concilio ejecutada por el poeta: inventa. In-corpora al reino material eso que su abstracción le presenta. Lo corporiza, porque no estaba hecho pero debía existir.

Una hipótesis que he degustado desde hace unos años se vincula directamente con esta idea: aquello que uno no termina de encontrar en los libros y, sin embargo, es capaz de esperarlo, es decir, imaginarlo, es materia prima para ser escrita (casi obligatoriamente) por uno mismo. Si no lo encuentro lo invento. Incluso un fundamento para la autocrítica de un escrito se deriva de esto: ¿me gustaría encontrar y leer eso en un buen libro? ¿Sería digno?
Hay que escribirlo.

God & Dog

En un pueblo, uno cuyo nombre terminaba en shire, la alegría de que hubiera una perra embarazada era motivo de brindis secretos entre ciertos miembros de las familias cercanas. La causa era sencilla: se hacía necesario tener un perro en cada casa, sobre todo de noche. Refiero la época cercana a los finales del primer milenio de nuestra era, a un año que recuerdo con más sietes que seis. El nacimiento de una camada de perros ameritaba licores y libaciones; cediendo un cachorro se saldaban deudas, se cumplían promesas, se contentaban familias y se conquistaban suegros.

La paz siempre ha sido un bien relativo, y en aldeas como este shire, el silencio y la paz no eran sinónimos. El silencio ahora se soporta con filosofías instantáneas como la de “No news: good news”. Antes no se soportaba, era como una página en blanco para un escritor con sueño. No se tiene con qué, pero hay que llenarla. Ya el té en la sangre ha sido vencido por el cansancio pero no por la soledad. Entonces, el perro en la casa. Un perro, sin cama ni alfombra, preferentemente dentro de la casa, para una certeza a veces no verdadera: todos los ruidos son del perro.

Querían el perro para su propia tranquilidad el sir y la familia del sir, pero no a la manera del perro guardián que arriesgaría su peluda vida por defender la casa ante un malhechor. No. Lo necesitaban para nublar el silencio, ese que aturde porque niega la naturaleza ruidosa de la vida. Cuando se disponían a dormir los habitantes del hogar, la terrible cortesía los obligaba a callar todo de sí. Entonces, (sin perro) cualquier ruido dentro o cerca de la casa despertaría dudas y sueños, pues ¿Qué ser o fenómeno causó tal ruido? En realidad el crimen o las invasiones no surgían como opciones prudentes sino chistosas. El ruido, en esa época sin máquinas ruidosas como el televisor, la radio, la nevera o el acondicionador del aire (todos “domésticos”), era atribuible a los muertos, las maldiciones, los conjuros, los espantos… El ruido era la (re)versión física de lo metafísico, algo funesto en demasía para una época omitida por cualquier dios. Cuál de tantas centellas del más allá llegaba hasta acá, esa era la pregunta incómoda para el ensueño, impropia para la armonía familiar.

Muy fácil era la solución: el perro hizo ese ruido. Lo único necesario para descansar sobre esa hipótesis era tener un perro. No importaba si alguna peste (la misma que los diezmaba) hubiese dejado huellas sobre la piel del can, el perro era una excusa viva para el sonido raro, inoportuno. “El perro hizo ese ruido, sigan durmiendo” decía con su mera existencia el animal y su caos, libre de la urbanidad dogmática británica. Resultaba mejor que la fe, la plegaria o la neación obstinada.

¿Got dog? era la pregunta que en los otoños hacían los sires a quienes lucirán mejor semblante de una semana para otra. También la hacía la madre al padre en la misma casa a medianoche, y los vecinos entre sí al caer con la tarde la oscuridad. Menos ojeras, más horas en la cama, ninguna sospecha metafísica con nombres de muertos.

El cuento sería uno más si terminara allí. El pueblo era ateo gracias a su aislamiento y autonomía. Gracias a la virtud respetuosa de su cortesía atendían las invitaciones de las religiones circulantes como cuentos de tradiciones ajenas e incompatibles con su naturaleza.

La palabras de ¿got dog? jugaron a sonar a “god”… y de algún modo Dios sería el perro que mueve la pequeña puerta de la ventana… por eso no importa.

SÉ VERLAS AL REVÉS

En una misma semana recibí noticias sobre José Saramago, Carlos Monsiváis y Darío Lancini y sendas muertes. De Saramago recuerdo una trampa sobre si él había sido el último Premio Nobel español de Literatura… (era portugués, etcétera). De Monsiváis absolutamente nada sé más que su muerte, y su nombre lo tuve que googlear para ponerlo en las primeras líneas de esta columna. Pero de Lancini sí sé y con gusto.
A los dieciséis años yo estudiaba Ingeniería en la Universidad Simón Bolívar, y la virtud de esta academia para mí residía en su biblioteca. Obligado yo a pasar casi todo el día en el campus universitario por las materias dispersas en mi horario, la opción de peatones, solteros y huraños (como yo) para vencer la intemperie era la enorme biblioteca. Su ventaja era sencilla: una vez adentro, podía uno pasear entre los estantes como en un supermercado e irse llenando manos y brazos de cuanto libro se antojara. Yo casi nunca pasaba por el fichero, más bien gozaba recorriendo los lomos de las ediciones haciendo mis propias deducciones sobre cuál categoría era la que tenía en frente estableciendo semejanzas entre ejemplares. Al rato me toparía con el libro que originalmente buscaba, pero portando ya una buena carga de páginas recolectadas como frutas del camino. Así nació mi pasión por los libros (ya el gusto había nacido en casa).
Uno de esos libros que nadie me mandó a leer pero leí fue Oír a Darío, de Lancini. Era divertido.
Este libro está lleno exclusivamente de palíndromos, frases y textos mayores que se pueden leer al derecho y al revés obteniendo lo mismo (acá algunos les dicen palabras “capicúa”). Ya desde el título del libro obtenemos una muestra de este juego. A partir de los más criollos y anónimos palíndromos, como AREPERA y AGÁRRALA, GALARRAGA y pasando por los tradicionales AMOR A ROMA y ANITA LAVA LA TINA, llegamos a los textos de Lancini sencillos como YO CORRO, MORROCOY y LEÍ, PUTA, TU PIEL… hasta pequeños poemas y diálogos. He aquí una muestra y un desafío:
LATO
¿Tres, seis o nueve?
Sólo se ve Uno.
ECO.
¿Dos o doce o nueve?
Sólo se ve Uno.
Sí, es ser total.